La España de Goya

La Riña a garrotazos de Goya es un símbolo nacional. Unamuno califica la imagen de “muy hispana” y, habiéndola adaptado al teatro, dice que permite “sugerir al espectador que estamos asistiendo a una destrucción del personaje por medio de un desdoblamiento de identidad”. “He pintado esa barbaridad, padre, porque la he visto”, dice, también en el teatro, Goya, en El sueño de la razón de Buero Vallejo. Al cine la llevaron directores aragoneses como Goya: Luis Buñuel (Un chien andalou, 1929), Carlos Saura (Llanto por un bandido, 1963) y José Juan Bigas Luna (Jamón, jamón, 1992), quien, aunque nació en Barcelona, fue nombrado hijo adoptivo de Monegrillos y rediseñó la ofrenda floral a Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza.

En la adaptación de Bigas Luna, los personajes aparecen de rodillas, y atrapados por la tierra en el poema del también aragonés Ildefonso Manuel Gil: “Los dos hundidos hasta la rodilla/ en un fondo viscoso (el agua pura/ es un sueño de luz inaccesible)/ blandiendo su garrote, brazos y almas/ tensos en el esfuerzo cainita/ de reventar los diques de la sangre./ La tierra gris de la colina muestra/ su desnudez y un fondo de montañas/ sombrías cierra el mundo. No hay caminos,/ de aquí nadie se escapa, nadie viene./ Prestos los hombres a partirse el alma,/ criaturas de Dios, dos españoles/ cumpliendo su destino”.

Sin embargo, el que las figuras de la pintura aparezcan sumergidas en la tierra se debe exclusivamente al deficiente traslado a lienzo efectuado por Salvador Martínez Cubells, como demuestra el testimonio fotográfico de Jean Laurent y el literario de Charles Yriarte, que vieron la obra en su ya deteriorado estado original. Salvador Martínez Cubells perdió las piernas, logrando que la imagen fuera aún más poderosa y simbólica. Sin duda, esta catastrófica operación del que fue el primer restaurador del Museo del Prado no es la peor del largo historial criminal con que cuentan sus sucesores (cuyo culmen es el borrado de las veladuras de Las Meninas). Además, era pintor. Que un museo de pintura no esté dirigido por un pintor docto es tan peligroso como  los casos, ya vistos, de que la Guardia Civil no esté dirigida por un guardia civil o de que el Real Colegio de España de Bolonia esté dirigido por un delegado ministerial.

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El Museo de El Prado recibe muchas más visitas que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cuyo museo es más para pintores y gentes cultivadas que para turistas (aunque, gracias a Dios, en El Prado sigue habiendo copistas, como tiene que ser). Allí, en un acto extremo de fetichismo pictórico, se exhibe la última paleta de Goya ornada por una corona de laurel dorada, y pueden leerse tras el cristal de una vitrina sus textos didácticos sobre pintura. Entre las obras allí conservadas se encuentra una que debería haber gozado del mismo predicamento que la Riña a garrotazos como símbolo nacional: el Corral de locos.

Muchos han visto al cainismo como la quintaesencia del ser español. Machado, el republicano hermano del franquista Manuel, insistió en esa idea a lo largo de muchos poemas, si bien a lo largo de otros tantos escritos ensalzó ideas de guerra y venganza bastante cainitas. Víctima de ellas, imaginamos que podríamos aplicar las leyes del abrogante y el abrogado a su favor.

El cainismo es el –ismo en el que se resumen todos los –ismos de España: chorizos y polacos, carlistas y liberales, monárquicos y republicanos, conservadores y liberales, taurinos y antitaurinos, frascuelistas y lagartijistas, higinistas y varelistas, belmontistas y joselistas, germanófilos y aliadófilos, madridistas y culés, peperos y sociatas, guerristas y felipistas… Salvo entre los comunistas, claro, donde cada persona es un bando. Y esto es precisamente lo que define otra característica nacional, olvidada frente a lo vistoso del cainismo: La Folie des grandeurs, como se titula admirablemente aquella película de Gérard Oury basada en el Ruy Blas de Victor Hugo, texto que capta admirablemente los vicios de nuestro país.

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La locura es, ya de por sí, una característica nacional. Fernando Fernán Gómez cuenta sobre la censura de su película Manicomio que “La razón que nos dieron fue que el tema de la locura no podía tomarse a broma. Esto, en el país de Don Quijote, me parecía absurdo”. Pero el delirio de grandeza es un cáncer mucho más encarnizado en el cuerpo nacional que el cainismo y la extravagancia, que muchas veces da en generosidad y bizarría, concepto que ha acabado teniendo valor peyorativo en otras naciones y que nosotros hemos acabado adoptando, en tanto que quijotismo es peyorativo sólo en la nuestra.

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Admira encontrar tantos funcionarios y ujieres que se creen generales, como el loco del tricornio en el cuadro, pero, ante todo, admira encontrar tantas monarquías universales y absolutas codo con codo. España está llena de manadas y jaurías de depredadores y carroñeros en las que todos son machos alfa, de clases en las que todos son el más listo, y de capigorrones que creen que tienen que hacerles un sitio entre Cervantes y Homero, o entre Goya y Velázquez, o entre Vitoria y Savigny, y que si salen a un balcón a clamar por sus derechos ultrajados porque no les han dado una plaza, o tardan en darles una medalla, o han sido despedidos de un periódico, serán vitoreados por el pueblo, que, con azadones y horcas y escapularios con sus retratos idealizados (quizá obra de Hernán Cortés Moreno), irán a defender sus sagradas personas contra el Estado o los particulares, toda vez que estos individuos piensan, casi siempre, que el Estado son ellos.

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No es nada extraño que el protagonista del Diario de un loco de Gógol acabe creyéndose Fernando VIII de España. Porque, como dijo John Donne en la famosa meditación que Ernest Hemingway aplicó a nuestra última riña a garrotazos, “No man is an Iland, intire of it selfe; every man is a peece of the Continent, a part of the maine; if a Clod bee washed away by the Sea, Europe is the lesse, as well as if a Promontorie were, as well as if a Mannor of thy friends or of thine owne were; any mans death diminishes me, because I am involved in Mankinde; And therefore never send to know for whom the bell tolls; It tolls for thee”.  Hay grandes similitudes entre las pinturas de guerra y represión de Goya y las rusas con el mismo tema de Sazónov y Tíjonov, y grandes similitudes también entre las locuras de los rusos y los españoles, ambos con clases sociales que no pueden o no deben trabajar, como hacía notar Alfonso X el Sabio. “Yo soy Goya”, llega a decir Voznesenski. E, igualmente, el modelo del Fernando VIII de Gógol sirve a Lu Xun para conjurar a sus propios demonios nacionales en una tierra que siempre creyó ser el centro del mundo y que los demonios eran extranjeros.

Goya, como siempre, es la fuente a la que hay que acudir si se quiere entender la España de Pedro Sánchez, Mariano Rajoy, Íñigo Errejón, José Manuel García-Margallo (alias “Yo presido el mundo”), Artur Mas (¡quien quería rebautizar a su partido como “Más Cataluña”!), Santiago Sierra, Miguel Ángel Aguilar, Carmen Calvo, Rodrigo Rato o Nachete Escolar, una auténtica rave de figuras endiosadas en la que tan normal les parece el hecho de que todo el mundo lleve corona como absurda la idea de dejar la suya.

José María Bellido Morillas

(Fotografías del autor)

 

 

 

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