Causas célebres

Alguna vez se ha experimentado con chimpancés sobre la justicia. Si un mono ve que se le quita un plátano, monta en cólera, salta sobre sus cuatro manos y grita enfurecido. Si ve que se le roba un plátano a otro mono, se ríe. Esto demuestra, a priori, y mientras no se dé con un mono altruista que defienda los derechos de otro mono, que los chimpancés viven en el egoísmo jurídico. De paso, lo que sí demuestra es que conocen el concepto de propiedad privada o, de lo contrario, el mono no encontraría nada de gracioso en el hurto.

Hay una corrección que hacer al experimento del plátano. Si un mono recibe un daño, se venga. Pero los monos no son animales solitarios. Viven en familias (en las que es común el incesto de los padres con las hijas) y comunas. Y su sociedad, asimilable a la de los chabolistas de Tiempo de silencio, puede efervescer en violencia si sufre una agresión externa. Los mismos monos que son capaces de distraer a sus hijos para robarles la comida, serán capaces de torturar y asesinar salvajemente a un mono que personalmente no les ha hecho nada sólo por vengar a la comunidad a la que pertenecen por una ofensa que quizá ya ni recuerden.

La sociedad de los primeros hombres no debía distanciarse mucho de la de los chimpancés del Parque Gombe, cuyas guerras observó Jane Goodall. Sin embargo, en algún momento tuvo que nacer el Derecho, como un derivado del sentimiento religioso que, según las recientes investigaciones del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, quizá los chimpancés también tengan, ya que amontonan piedras como los primeros patriarcas de la Biblia, que, recordemos, hacían altares de piedra sin labrar. Es en torno al templo, recinto de paz, pero también de sacrificio y holocausto, donde distintas familias y comunidades pueden estar juntas sin matarse y someter sus problemas a un poder superior. El templo, primera manifestación de lo que hoy entendemos por Arte, también lo es de Civilización, tal como se desprende de los juicios de Salomon Reinach, Marcelino Menéndez y Pelayo y muy especialmente Gilbert Keith Chesterton, cuyas ideas siguieron al pie de la letra los descubridores de Göbekli Tepe al explicar su hallazgo.

Por supuesto que Civilización y templo no son necesariamente sinónimo de paz, como demuestran, en la misma región histórica, las guerras floridas (xochiyaoyotl) y la Capilla de la Santa Muerte y Jesús Malverde, frecuentada por los narcos, sino más bien de ordenación de la violencia. Esto, que en un principio debería servir para ir por la calle y por los caminos sin que a uno lo maten y despedacen, puede servir también, paradójicamente, para incrementar la violencia de modo exponencial, al convertirla en deber cívico o religioso, como en la Camboya de Pol Pot el Afganistán de los talibanes.

El Derecho del templo, sin embargo, puede ser en casi su totalidad ordalía, magia u oráculo, Urim y Tumim o voz de pitonisa. Tanto si habla el chamán o la maga bajo la inspiración de las drogas o desde el fondo de una caverna, o con la máscara de una divinidad, como si interpreta las vísceras de una víctima o la disposición de un haz de flechas, lo que se escucha es una única voz, la de la sabiduría cierta y segura de sí que decide sobre los demás. Como mucho, puede darse un consejo o colegio de sabios.

Ha nacido, sí, el Derecho, el sentido de lo que debe ser (Ṛtá en védico, li, 理 y 禮, en chino) pero hay que esperar a un desarrollo superior del lenguaje verbal para que nazca algo sin lo cual no entendemos hoy este concepto: la argumentación y la Filosofía, que requieren un grado de evolución intelectual tan amplio como el necesario para el surgimiento del humor verbal. Porque cualquiera puede reírse de un mono al que le quitan un plátano, empezando por otro mono, pero un juego de palabras es alta tecnología.

Esquilo, en las Euménides, refleja en un solo momento mítico todo el proceso que hemos relatado: el paso de la venganza personal al sometimiento del problema a un poder superior y, al mismo tiempo, el paso de la culpa miasmática, mágico-religiosa, a la culpa consciente y a la responsabilidad personal, juzgada por un tribunal al que ha de convencerse mediante la argumentación. En la propia obra, donde el tribunal está formado por figuras divinas, se anuncia que en adelante lo compondrán hombres. Serán los hombres y su sociedad quienes juzguen a los hombres, incluso en los casos en los que las faltas se refieran a las relaciones con la divinidad. El juramento a la divinidad de los jueces ya será sólo un símbolo de su rectitud.

Nada de esto quita que el sentido de lo que debe ser, la razón última de la Justicia, no se reinterprete las más de las veces con el mismo egoísmo del mono al que le roban el plátano, como demuestran, por ejemplo, las leyes brahmánicas, si bien el propio hallazgo del concepto de lo que debe ser es ya un logro del que estar satisfechos. Aunque si nunca se aplica correctamente, tanto vale como no tenerlo. Si los monos lo tienen, desde luego, no les cunde y es como si no lo tuvieran.

Es normal que contra el egoísmo que es común en todas las sociedades acaben alzándose voces divergentes que hablen en paradojas, es decir, en contra de la común opinión, de un sentido más elevado de la Justicia, y que acaben siendo condenadas por la sociedad a través de sus tribunales por el crimen de subvertir lo que la gente piensa que es lo que debe ser.

Es difícil hacer una historia del reo que se yergue orgullosamente contra sus jueces y a quien la Historia, es decir, la posteridad, absuelve para condenar a sus verdugos desde un punto de vista moral que ha evolucionado a partir de las ideas del entonces acusado. A propósito de los estudios sobre las primeras sociedades de las que nos han quedado actas judiciales completas, con acusación, alegatos y veredicto, dice Paul Kriwaczek en Babylon: Mesopotamia and the Birth of Civilization: “This is a field of knowledge that is constantly changing. Not so long ago almost all cultural change was attributed to invasion and conquest. Now we are far less sure. Four decades ago it was still assumed that the first attempt at empire, by Sargon of Akkad, who flourished some time around 2300 BCE, represented the conquest by Semitic people of the indigenous Sumerians. Most evidence now proposes that the two communities had lived together peacefully in the region from time immemorial. Names may be given different readings. A well-known Sumerian king c.2000 BCE was first read as Dungi, more recently as Shulgi; the one Sumerian name popularly recognized today, Gilgamesh, first appeared in 1891 misread as Izdubar. Texts may come to be translated quite differently, even reversing their meaning. The verdict in a murder trial before the Assembly of Nippur in the twentieth century BCE, has been read by one scholar as condemning one of the defendants to death, while by another as absolving her of all guilt”. De hecho, también hay lecturas divergentes sobre el nombre de la acusada.

Siendo que los hechos históricos y las palabras pronunciadas en ellos sólo pudieron ser de una forma (por ejemplo, confirma que es Gilgamesh y no Izdubar el Gílgamo de Eliano en la Historia de los animales), es casi imposible hallar el nombre del primer filósofo que se opuso a un tribunal en defensa de la búsqueda virtuosa de la Verdad, ni cuál fue su alegato, si bien sabemos que en Grecia estas acusaciones adoptaban siempre la forma de asebeia o impiedad. De Anaxágoras dice Diógenes Laercio, en la traducción dieciochesca de Ortiz y Sanz: “En orden a su condenación hay varias opiniones, pues Soción, en las Sucesiones de los filósofos, dice que Cleón le acusó de impiedad por haber dicho que el sol es una masa de hierro encendido, pero que lo defendió Pericles, su discípulo, y sólo fue condenado a pagar cinco talentos y salir desterrado. Sátiro escribe en sus Vidas que lo acusó Tucídides, por ser éste contrario a las resoluciones de Pericles en la administración de la república. Que no sólo lo acusó de impiedad, sino también de traición, y que ausente, fue condenado a muerte. Habiéndole dado la noticia de su condenación y de la muerte de sus hijos, respondió a lo primero que hacía mucho tiempo que la naturaleza había condenado a muerte tanto a sus acusadores como a él. Y a lo segundo, que sabía que los había engendrado mortales. Algunos atribuyen esto a Solón, otros a Jenofonte”.

Jenofonte también atribuye, como Platón, discursos al condenado por impiedad más trascendental para la Historia posterior, Sócrates, quien, sin embargo, rechazó huir y aceptó su condena para dar una lección de deber cívico. De Protágoras, que también fue juzgado por impiedad, trasciende más el juicio que tuvo con Evatlio, que, sin embargo, también se atribuye a Córax de Siracusa, como recuerda y traduce Juan de Pineda en sus Diálogos familiares de la agricultura cristiana: “Entre Corace y Empédocles anda la controversia cuál dellos haya sido el primero inventor de la retórica, y San Atanasio y Celio Rodigino a Corace dan esa gloria. Y Erasmo, Suidas y Gelio también tocan en lo que le aconteció con su discípulo Tisias, al cual por cierta suma de dinero se obligó sacar tan buen retórico, que saliese con la primera causa que abogase, y recibió parte de la paga luego. Pareciéndole a Corace que bastaba lo enseñado para tal pago, pidió la resta, y  que se fuese con Dios, mas el otro dijo que no sabía tanto, que si se pusiese a abogar saliese con la victoria. Entonces le replicó Corace que aquel pleito de entre ellos era el primero en que abogaba y que si salía con su intención, por el concierto le debía pagar, y, si no saliese con ella venciendo, sino quedando condenado por el juez, que por la sentencia jurídica le debía pagar. A lo cual respondió Tisias por los mesmos puntos, que si quedase condenado a pagar no le debía nada, pues en la primera causa quedaba condenado, y, si el juez le diese por libre, la sentencia le desobligaba. Cuando los circunstantes los oyeron hablar tan agudamente dijeron que del mal cuervo había salido mal huevo, y Corace quiere decir cuervo; en lo cual significaron que, cual el maestro en el agudo razonar, tal había salido el discípulo. Otra semejante contienda cuenta Apuleyo y Aulo Gelio entre Protágoras y su discípulo Evatlio”.

Caractacus

En el mismo año de la traducción de Diógenes Laercio de Ortiz y Sanz, y en el que el Rey de Francia se enfrentaba a un tribunal, 1792, Andrew Birrell grabó Caractacus at the Tribunal of Claudius at Rome a partir de la obra de Füssli. Su discurso recogido por Tácito no fue de denfensa orgullosa ante un tribunal que lo juzgara, a pesar de lo que puede deducirse del grabado, sino una súplica de clemencia ante un vencedor que lo sojuzgaba. Pero estos discursos que el Tácito pone en boca de los bárbaros vencidos, como, en tiempo de Domiciano, Calgaco, y que seguramente se los inventa (parece que se inventa hasta la propia existencia de Calgaco) crean todo un estilo retórico anti-imperialista que, pasando por Fray Bartolomé de las Casas y Fray Antonio de Guevara, acabará resonando en muchos tribunales de potencias invasoras. Sin embargo, en la obra de Casio Dion, senador al fin y al cabo, Carataco deja traslucir su admiración por el Imperio.

En una provincia de ese Imperio, mucho antes de los discursos de Tácito, en un juicio se preguntaba, según Lucas 23:3, Juan 18:37 y Marcos 15:2, “¿Eres tú el Rey de los Judíos?” Las respuestas, en su mayoría silencios, subrayaban que el Reino en cuestión no era de este mundo, con lo que el motivo del juicio era el inverso al de los filósofos condenados por impiedad. Aquí no se trataba de poner en peligro los cielos rebajándolos a lo terrestre, como en el caso de Anaxágoras, si es verdad que fue su teoría sobre el sol lo que provocó su condena o, por lo menos, se sumó a la lista de acusaciones, sino de poner en peligro las cosas de este mundo llevándolas a los cielos. Aunque tampoco andan tan lejos los griegos de esto, ya que, si bien Cicerón alaba a Sócrates por bajar la Filosofía de los cielos a la tierra, en su juicio se le acusó, como él bien dijo, de no creer en los dioses y de creer en los dioses.

dreyer

Aunque es dudoso que el proceso de Jesús tuviera verdaderamente forma de juicio, ya que no lo tiene en los Evangelios y no parece corroborarlo la fama de Poncio Pilato, que según Filón de Alejandría solía condenar sin juicio previo, su ausencia de defensa se repite en los procesos judiciales de una infinidad de mártires tanto canónicos como heréticos de los que, hecha abstracción del abogado Santo Tomás Moro, el más interesante es, desde el punto de vista forense, el de Santa Juana de Arco, asimilado al de Cristo, especialmente en Dreyer, si bien L’Alouette de Anouilh enseña que las cosas pueden ser más complicadas.

Instalada la nueva religión, con todas sus herejías y sus sectas, y con las sectas de sus sectas (entre las que incluyo las islámicas y sincréticas), volvió a haber procesos por impiedad contra científicos y filósofos, como Roscelino, y se mezcló la retórica forense del Sócrates de Jenofonte y Platón con la del arrogante y firme Calgaco en otros procesados que imprimen la figura del revolucionario, como Albertano da Brescia, Girolamo Savonarola o Lutero ante la Dieta de Worms. Los dos procesos más famosos y paradigmáticos de la Iglesia católica contra científicos y filósofos fueron llevados por la misma persona, San Roberto Bellarmino, inquisidor de Giordano Bruno, que se mantuvo arrogante, y de Galileo Galilei, que se achantó, sin que ello fuera impedimento para convertirse en héroe del teatro de izquierdas en Leben des Galilei de Bertolt Brecht, como Miguel Servet (que pidió que fuera juzgado también quien lo juzgaba, el hereje Calvino) en La sangre y la ceniza de Alfonso Sastre. Eso, naturalmente, si Brecht escribió realmente la obra y no una de sus mujeres, ya que, sin llegar a ser Gregorio Martínez Sierra, que difícilmente se hallará una obra que realmente sea suya, sí que es cierto que el alemán se dio con bastante alegría a la trata de blancas literaria. De todas maneras, tampoco Galileo hizo todo lo que se dice que hizo, como inventar el telescopio.

Aunque en Occidente se persiguió judicialmente el pensamiento científico hasta por lo menos 1925, fecha del juicio de Scopes, también llamado “Juicio del mono”, y argumento de Inherit the Wind de Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee, los mayores alegatos de autodefensa (el caso Scopes contó con el abogado Clarence Darrow) de una verdad que se acepta como superior a la admitida por la sociedad se han dado en el campo de la política, si bien es imposible separar la política de la religión, como bien sabe ver Gonzalo Rodríguez Lafora en su serie de artículos en Luz “Comentarios al juicio sobre el asesinato de la señorita Hildegart. La paranoia ante los Tribunales de justicia”, de 1932, sobre el caso que sirvió de argumento para Mi hija Hildegart, de Fernando Fernán-Gómez. Es significativo también el proceso a Dios dirigido por Anatoli Lunacharski en 1918. Una Biblia sentada en una silla fue recibiendo acusaciones hasta dictarse la sentencia final, ejecutada disparando contra el cielo de Moscú, que no se llenó de rojo como en esta ilustración de S. Chejonin para Faust i gorod, de Lunacharski, del mismo año de 1918, al igual que no sangró el mar cuando Jerjes mandó flagelarlo con cadenas, según Heródoto, ni tenía miedo de Calígula, como este creía, según Casio Dion. Aun así, el proceso, algo más abreviado, se repitió en 1936 con el fusilamiento del Monumento al Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles de Getafe, en Madrid, donde Lunacharski fungió de embajador de la URSS desde 1933. La Revolución, además, sigue siendo útil para llevar a juicio y al verdugo a científicos, como demuestra el proceso contra Lavoisier y la persecución de los científicos opuestos a Lysenko.

anatoli

En 1922, Gandhi dijo al tribunal que lo juzgaba: “Non-violence implies voluntary submission to the penalty for non-co-operation with evil. I am here, therefore, to invite and submit cheerfully to the highest penalty that can be inflicted upon me for what in law is deliberate crime, and what appears to me to be the highest duty of a citizen. The only course open to you, the Judge and the assessors, is either to resign your posts and thus dissociate yourselves from evil, if you feel that the law you are called upon to administer is an evil, and that in reality I am innocent, or to inflict on me the severest penalty, if you believe that the system and the law you are assisting to administer are good for the people of this country, and that my activity is, therefore, injurious to the common weal”. Un año después, en 1923, Hitler concluía ante quienes lo juzgaban un alegato que era el reverso del de Gandhi, una defensa del imperialismo (alemán), por la que pedía ser absuelto, aunque fuera por la Historia, así como Gandhi pedía ser condenado por atacarlo, si eso le parecía justo a los jueces: “Jenes Gericht wird über uns richten, über den Generalquartiermeister der alten Armee, über seine Offiziere und Soldaten, die als Deutsche das Beste gewollt haben für ihr Volk und Vaterland, die kämpfen und sterben wollten. Mögen Sie uns tausendmal schuldig sprechen, die Göttin des ewigen Gerichtes der Geschichte wird lächelnd den Antrag des Staatsanwaltes und das Urteil des Gerichtes zerreißen; denn sie spricht uns frei”. Como es bien sabido, ese artificio retórico resuena en el impreso de Fidel Castro La Historia me absolverá. Discurso pronunciado por el Dr. Fidel Castro ante el Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba el día 16 de octubre de 1953.

JIANGQING-nocrime

Los opositores al nazismo dejaron vibrantes muestras de oratoria ante aquella carnavalada que eran los tribunales del Reich, de Dimitrov a los hermanos Scholl y otros mártires. Eso cuando se permite hablar a los acusados, claro, ya que los revolucionarios, de Cromwell a los jacobinos y los bolcheviques, no son muy dados a seguir todos los pasos de un juicio. En el mundo comunista son frecuentes las autoinculpaciones, derivadas de la autocrítica, en las que el reo, después de haber sido torturado, confiesa todos los crímenes imaginables. Este género oratorio, que ha sido heredado por el Estado Islámico, fue especialmente cultivado durante la Gran Revolución Cultural Proletaria, promovida por Mao y su mujer, Jian Qing. Paradójicamente, Jian Qing acabó condenada a muerte por una farsa de tribunal como los de la Gran Revolución Cultural Proletaria y los gritos de su alegato final fueron acallados por el público mientras dos policías la arrastraban. Uno de sus argumentos: “Hacer la Revolución no es un crimen”. Argumento bastante endeble, al que se puede contestar fácilmente “Porque tú lo digas”, pero que sin embargo ha tenido un éxito aplastante en la retórica de los defensores de lo indefendible. Por ejemplo, Jack Kevorkian, el Doctor Muerte, que se defendió a sí mismo en el juicio, usó como consigna “Dying is not a crime”. “¿Es un crimen defender a España?”, se preguntan los defensores de Tejero. Pero hay más: se puede llegar a más sutileza. Entendiendo que el racismo es un crimen, la radio del KKK, White Pride Radio, se anuncia en vallas publicitarias con una niña abrazada a un cachorrito (también el Estado Islámico ha empezado a usar gatitos) y el lema “It’s NOT Racist to [corazón] Your People”. Órdago a la grande: el KKK ahora no es racista, porque ellos lo dicen. Claro, hacer la Revolución no es un crimen: pero tiranizar a mil millones de personas sí. Morir no es un crimen: pero asistir al suicidio sí. Defender a España no es un crimen: pero entrar en el Congreso con una pistola sí. Amar a tu gente no es un crimen: pero amenazar y linchar al resto sí.

putos tarados del KKK

En esta misma línea, Podemos ha lanzado un comunicado oficial en defensa de Rita Maestre, condenada por profanar una capilla y amenazar a los fieles, que reza (es un decir) así: “Defender la aconfensionalidad de las instituciones publicas no es un delito, es un derecho salvaguardado por nuestra constitución. No condenan a una persona, condenan a una generación con castigos propios de otra época. Su intento de frenar el cambio será en balde #ApoyamosaRitaMaestre“. En el más puro estilo de Jian Qing, es el Partido quien decide lo que es un delito o no y no algo tan reaccionario y contrarrevolucionario como el Código Penal. Pero lo mejor de todo es el cartel propagandístico que le han hecho, análogo al de Jian Qing que hemos presentado, obra de unos entusiastas maoístas anglófonos, si bien el estilo podemita resulta bastante más aburguesado y propio de una clínica dental.

Rita Mastre debe dimitir

Hacer la Revolución Cutural Proletaria sí es un crimen. La Historia no ha absuelto a Hitler. Más bien no, vaya. El KKK sí es racista. No porque Podemos diga que coartar la libertad de asociación, pensamiento y culto no sea delito deja de serlo. No porque Podemos diga que Rita Maestre es toda una generación lo es. A lo largo de este artículo, hemos visto en los tribunales a héroes y mártires y a criminales y genocidas. A Rita Maestre todo le viene grande, y es tan ridículo compararla con Dimitrov como comparar a Otegui con Mandela, tanto más cuando Mandela, que siempre contuvo toda crítica al orbe de la izquierda, sí dejó que se filtrara el rechazo a las formaciones de Otegui -ETA y Batasuna- por parte del African National Congress, cuyas siglas imita ridículamente la Assemblea Nacional Catalana, al igual que Otegui imitó el número de preso de Mandela, 8719600510, con el que se identificaba en perfiles de redes sociales en las que siempre aparecía Rita Maestre como seguidora y amiga. No podemos comparar a Maestre con Milošević ni con Saddam porque estos tuvieron la coherencia de enfrentarse al tribunal y desconocerlo, en tanto que Maestre se comportó como una niña melindrosa que pidió disculpas en condicional y que dijo no recordar nada. Le faltó llorar, aunque no le faltó suplicar, porque lo hizo durante todo el juicio, y se expresó siempre en términos que demostraban que se sabía culpable. Pero es menos áspero para Podemos y para Rita Maestre el ridículo de querer convertir el asalto a la capilla de la Complutense en el Asalto al Cuartel Moncada que hacer algo tan sencillo como dimitir, antes de que la aventurilla lunacharskiana vaya a más y acabemos como acabó aquello. De hecho, el antiguo amante de Rita Maestre, Íñigo Errejón (razón por la cual Maestre ocupa cargos de responsabilidad en una formación en la que parece que la mujer tiene poco que hacer si no se baja las bragas de una u otra manera, como demuestra la post-porno-activista Águeda Bañón) anda empeñado, al igual que Lunacharski, el teórico de la “construcción de Dios” (богостроительство) y de una nueva religión en la que Jesús podía quedarse como revolucionario, en “construir” entidades inmateriales: Construir pueblo es un libro-charla con la viuda de su maestro, única fuente de información y formación de Errejón, porque, teniendo a Laclau, quién necesita a Aristóteles.

No es una empresa digna del gran filósofo Errejón, pero quizá sí cuadre bien a las mujeres de Podemos, dado el papel que tienen en su formación (agitar una boa de colores y aburrirse hasta irse mientras los hombres aplauden al Papa en la Eurocámara) el abrir nuevas capillas para la nueva religión una vez desecradas las católicas. Así como el dictador Marcos Pérez Jiménez promovió el culto a María Lionza, el dictador Hugo Chávez Frías ha dejado una herencia de cristochavismo que hace que el “pueblo” se refiera a él como el “Cristo de los Pobres”, según el medio nada parcial Aporrea.org bajo el titular “A Chávez le tienen su capilla en Monte Piedad”. Imaginamos que Rita Maestre no asaltará esa capilla en ropa interior, ni tampoco la parroquia de Las Mercedes de Maracaibo, ya que, según el mismo artículo, su párroco sostiene que “la veneración de la imagen del Comandante no es la de un santo medieval pegado a la pared, sino al estilo monseñor Oscar Arnulfo Romero (sacerdote salvadoreño asesinado), que no lo han querido canonizar. El Che Guevara es otro líder que también lo llaman el santo“. El artículo es de 2013: desde 2015, Óscar Romero es beato. El culto religioso al Che Guevara lo iniciaron, involuntariamente, unas monjas al decir sobre su cadáver que parecía Jesucristo. Nada impide que Rita Maestre se acoja al beaterio del nuevo Cristo de los Pobres, orondo como el monje Bu-Dai que los devotos de los restaurantes chinos confunden con el Buda Gautama. Confundir  a Bu-Dai con Buda, a Chávez con Cristo y a Cristo con un gitano, más allá del ideal de alcanzar la budeidad y del Christianus alter Christus, se ajusta perfectamente a la claridad de ideas de los chicos de Podemos, quienes, no por saber pocas cosas, llegan apenas a saberlas bien.

José María Bellido Morillas

 

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