Gracia y Justicia

Los indultos representan siempre un fracaso de la Justicia. Una subversión mágica de la realidad, ejercida por un poder sobrenatural (la Iglesia, el Rey, al que en Francia se le consideraba capaz de curar la escrófula por simple imposición de sus manos, o sus lugartenientes) que presenta un silogismo cornuto contra el ordenamiento jurídico de la nación. Si un preso debe estar en la cárcel, ¿para qué sacarlo? Si no debía estar allí, ¿qué hacía dentro? La generosidad del indulto siempre revela una injusticia generalizada. Cuando el hispano Marcial decanta la clemencia de Tito hacia los gladiadores Vero y Prisco, no puede escapársenos el horror de una sociedad en la que los hombres juegan a matarse para la diversión del pueblo y sus autoridades.

Luego a los hispanos eso del indulto dejó de gustarnos, sin dejar de matar hombres como modo de diversión popular. Recuédese lo de Felipe II, y aun si mi hijo fuera hereje, yo mismo traería la leña para quemarlo. Con ganas. En España se acabaron los indultos: no lo hubo para Rizal, no lo hubo para Ferrer y Guardia, aunque sí hay excepciones y hubo un extraño indulto real para el lobisome Manuel Blanco Romasanta.

La I República, implacable, perdió a un Presidente del Poder Ejecutivo por negarse a aplicar la pena de muerte, pero la II empezó a coger el gusto por el indulto, como el de Sanjurjo, promovido por Alcalá-Zamora, y también el último Franco, por presiones internas y externas. La gran amnistía de 1969 demostró lo que siempre demuestran las amnistías: que las leyes de la Nación son injustas.

La Iglesia suele ser quien propone la mayor parte de los indultos en la España post-franquista, y cuando digo post-franquista me refiero a ahora mismo. Por ejemplo, Jesús Cautivo de Oviedo, el Cristo del Perdón de Elche o Jesús el Rico de Málaga. El indulto lo firma el Ministro de Justicia, pero a efectos prácticos queda como que es la imagen de madera, a veces articulada, la que interviene en el orden jurídico.

San Juan Pablo II le pidió a José María Aznar, dos veces, según el ministro Ángel Acebes, alguna medida de gracia extraordinaria con motivo del Año Jubilar. Ante tal revelación, Aznar decidió aprovechar también el XXII aniversario de la Constitución, que hacía ya los dos patitos, y liberar a 1443 reos, entre ellos 460 insumisos contra el servicio militar obligatorio que el propio Aznar suprimió. Es decir, gente, como siempre, que no tenía sentido que fueran reos.

Naturalmente, como Fujimori aprovechó la confusión en la Operación Chavín de Huántar para que se disparara contra su opositor Carlos Giusti, Aznar aprovechó aquel jubileo, nunca mejor dicho, para soltar a algunos de sus amigos políticos, como el juez Gómez de Liaño (de modo más laicista, José Luis Rodríguez Zapatero indultó, entre otros, a la mano derecha de Botín, Alfredo Sáenz Abad, para celebrar su llegada a La Moncloa). Pero mucho más que este mal uso del sistema legal, condenaba al propio sistema legal el indulto de Teresa de Jesús Moreno Maya, a la que los medios se referían con unas confianzas inexplicables, o bien explicables por su clasismo (ya se sabe, repartir “Don” y “Doña” o motes según el poder adquisitivo) como “La Tani”.

Teresa de Jesús era una mujer que había matado a su marido por maltratarla continuadamente a ella y a sus hijos ante la total inoperancia del Estado, que, como diría Michael Kohlhaas según la interpretación de Bernd Heinrich Wilhelm von Kleist, puso en sus manos la maza de la Justicia.

Me opuse vehementemente desde siempre a que el Estado desprotegiera a las mujeres exigiéndoles que hicieran ellas su trabajo, con más pérdidas de las necesarias, como ha vuelto a ocurrir con Jacqueline Sauvage en Francia, indultada en 2016 por François Hollande, habiéndose cometido el homicidio de su marido en 2012.

Me opuse vehementemente a que se encerrara a las mujeres en “casas de acogida” en lugar de encerrar a los maridos, síntoma de un sistema judicial invertido y pervertido que probablemente propondrá pronto casas de acogida para víctimas de ETA, toda vez que los etarras empiezan a pulular por España con más soberbia que nunca.

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Al mismo tiempo, nunca he creído que el recto ordenamiento jurídico que debe poner entre rejas a quienes cometen crímenes tenga nada que ver con ideologías (lo cual nos retrotraería a un punto anterior a 1969), machismo, feminismo, ecofeminismo, autodeterminación de los pueblos ni ninguna otra gaita. Sostengo desde siempre que el machismo no mata y que difícilmente se puede ir a una comisaría a denunciar que un micromachismo te ha robado la cartera. Los crímenes no son “machistas”, son crímenes, y, como enseñó South Park hace mucho tiempo, pero el ministro Gerardo Díaz Ferrán no tuvo ocasión de aprender, porque claro, no puede ver una serie de dibujos animados donde se dicen palabrotas, no hay “crímenes de odio” porque todos los crímenes son por odio. Y si no lo son, son por diversión, que es peor. Por el criterio de Díaz Ferrán, los crímenes de ETA serían crímenes políticos, y los etarras encarcelados, presos políticos, cuando en realidad, por pura lógica, como enseñan esta vez los anarquistas y no South Park, todos los presos son políticos. Por supuesto, es la polis quien decide la privación de su libertad. Y obsérvese una cosa: “privación de libertad” parece un eufemismo del tipo “interrupción del embarazo”, pero es mucho peor que “arresto” o “encarcelamiento”, porque se puede estar arrestado o encarcelado y tener libertad.

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Por lo tanto, veo conveniente que se arreste a todo aquel que cometa o incite a cometer crímenes, sea a base de la ideología que sea, como, por ejemplo, el feminismo.

José María Bellido Morillas

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