La política es cosa de caballeros

Ver en televisión a Javier Nart (a quien, por cierto, he votado) encomiando generosamente la gentileza e independencia de Pablo Iglesias no puede sino recordar a Arzalluz admirando el amor a España y las muchas cualidades de Manuel Fraga en el Congreso de los Diputados en 1979. Recuerda a una retórica de caballeros, aunque algo más macarra en el caso que nos ocupa, más de moteros, a la que nos tenía desacostumbrada la oratoria felipista, con la cual suele el pueblo hablar con su vecino. A Felipe González de ninguna manera puedo incluirlo en lo que llamo la política hispalense, que ha sido, con perdón de Doña Ana Botella y del liberalismo o del PP (no quedó bien claro a qué se refería, pero en todo caso son incompatibles), la que ha traído más progreso a la historia de la Humanidad: Trajano, Alfonso X y los hombres de gobierno de Pedro I el Cruel.

Felipe González sólo trajo el hablar llano, a Antonio Romero diciendo a Manuel Chaves que si le dan la vuelta a su cabezón cae serrín y a Chaves respondiendo a Romero que si le dan la vuelta a él caen bellotas, y a Cañete, quizá el más apurado modelo de político socialista (comparte con Chávez su afición por las duchas con un pipotico de agua fría), engullendo como Leviatán o Shai-Hulud.

Hasta el educado, formal y tradicionalista PNV, que tan pulcramente y en tantos idiomas defendía a ETA y a sus libertadores vascos, acabó contagiándose del South Park sevillano y proclamando, por boca de uno de sus representantes más comedidos y moderados, que “mierda pa’ tos. Cuanto más huela, mejor”. Vocablos vedados, reservados sólo a hombres extraordinarios como Cambronne o Labordeta, o mejor dicho, licencias poéticas admisibles sólo en literatos como este último o el Senador Cela, y en graves circunstancias históricas como la de Waterloo, pero nunca entre discretos y sensatos representantes del poder público en tiempo de paz.

Miguel Primo de Rivera, rudo hombre de armas, se ponía a la altura de la dignidad de la tribuna proclamando: “Este movimiento es de hombres. Quien no sienta la masculinidad plenamente caracterizada que espere en un rincón, sin perturbar los días buenos que para la patria preparamos”. Hoy en día, no tendría sentido tal esfuerzo perifrástico, y sólo alcanzaría el aplauso el decir “el que no tenga cojones, que se vaya”.

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Quizá todo esto de la corrupción, el nepotismo, el tráfico de influencias, el oligopolio y las puertas giratorias de empresas, bancos y Estado, el abuso de poder, el dontancredismo y la hipocresía, el clasismo, el racismo, el separatismo y la mojigatería no tengan solución en España, pero al menos podemos albergar la esperanza de volver a ver senadores que parezcan senadores y alcaldes que parezcan alcaldes, y no a gañanes o a señoras que hablan de huesos del cocido o que devoran pepinos crudos a bocados.

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Y no excluyo con esto a las damas, ya que Dolores Ibárruri sabía muy bien llamar a la violencia y al asesinato con educación y elegancia parlamentaria. Además, me ha sorprendido gratamente que en el Congreso España sin (un) Franco, al que Ernesto Castro ha tenido la inmensa amabilidad de invitarme, y que, como poco, parece proponerse refundar moralmente la política de la nación, también haya señoras. Dos, para ser exactos.

IMG_20140725_181147La gañanería política es una de las muchas perversiones de ese sistema ya perverso que es la democracia representativa. Mal está que, como Anfitrión, el pueblo elector se sienta representado por Zeus que preña a Alcmena en su representación; pero el colmo de la perversión es que el gobernante asuma los defectos del pueblo para representarlo, como el soldado que trae Schiller y que escupía y juraba para parecerse a Wallenstein, asimilando sólo lo malo y absolutamente nada más (aunque, ciertamente, Wallenstein, hacía cosas mucho peores que no estaban al alcance del soldado). El político no debe ser un reflejo sino un modelo: no debe ser un igual con el pueblo, sino mejor que él, y arrastrarlo a esferas superiores. Esperemos y confiemos que los políticos de esta y las siguientes generaciones abandonen poco a poco y hagan abandonar a sus electores la convicción folclórica española de que gritar, oler mal y estorbar son hechos culturales; de que no hay verdadero gozo ni fiesta si no se corta una calle, se impide dormir al vecino y se tira una cabra por el campanario; ni verdadera honra si no se insulta, machaca y humilla al prójimo; ni verdadera dignidad personal ni carta de ciudadanía si alguien en el autobús se queda sin percibir convenientemente todos los detalles del pormenorizado relato sobre nuestra fístula anal.

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Sin embargo, también vemos el fenómeno contrario, a los jóvenes pegar en la cabeza a los viejos, como en las Aves de Aristófanes, con la clásica tiranía de la juventud propia del fascismo o el maoísmo. Muchos conocen el ejemplo en que pienso, y que tuve la vergüenza ajena de contemplar en directo.

Alfonso Guerra llevó a la cumbre la vulgaridad de la escuela sevillana de concionadores socialistas. Su afirmación de que a España no la iba a conocer “ni la madre que la parió” es un ejemplo acabado y perfecto de este estilo. En abierto contraste con su llaneza ante las masas, en círculos más reducidos era un intelectual que hablaba de Kelsen, Machado o Mahler, un prepotente nuevo rico que usaba la fuerza aérea estatal para saltarse un atasco y que otorgaba prebendas ilícitas a sus hermanos, amén de un largo e inenarrable historial de hazañas que hacen muy difícil precisar qué tiene más peligro en él, si su mano más larga de lo necesario o su lengua, a pesar de que, si se muerde, se envenena. Era profundamente deseable que, tarde o temprano, alguien diera en la cabeza a este líder hipócrita asentado como socialista y progresista, obrero y popular, reconvertido en señorito con una vara de mimbre en la mano. Pero no esperábamos que fuera de ese modo.

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El espectáculo de ver a un profesor de Universidad insultando a este poco ejemplar prócer por un artículo que no había leído no fue sólo desagradable: fue repugnante. Sin más argumentos que el ad hominem y el baculinum,  Monedero golpeaba a Guerra en la cabeza por ser viejo y por estar pasada su era, sin más argumentaciones morales, lógicas ni políticas. Incurría así el nuevo (que no joven) político en el más acerado guerrismo, en tanto que Guerra se refugiaba en el orden y la compostura, a pesar de la larga e infamante espera en que lo tuvo el sedicente periodista, cómplice de Monedero, quien esperaba que el tigre atacara con más furia por ello. Y, por si aun así no arrancara, tenían preparadas sus buenas varas y banderillas.

Todos podemos convenir en que Alfonso Guerra no podría ser figura pública en ningún país serio, y que debería estar apartado de la vida política, si no de la civil, en cualquier sociedad que se preciase de ética. Eso sí, todos convendremos, también, en que una persona cuya única estrategia dialéctica es presentar, como los fascistas, la disyuntiva entre la garrafa de aceite de ricino y la tranca, tampoco puede dedicarse al ejercicio del gobierno. Pero menos aún si lo hace dando remoquetes. Vamos a matarnos todos una vez más entre nosotros, si hace falta: pero, por favor, no perdamos las formas.

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José María Bellido Morillas

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