Pablo Iglesias es el Anticristo

La prédica contra el relativismo moral es un tiro que le debe salir por la culata a la Doctrina de la Iglesia, porque ¿qué justifica que Abraham pueda ser parricida en grado de tentativa y proxeneta reincidente con agravante de vínculo familiar, y que abandone a un hijo y a su madre en el desierto para que mueran, y al mismo tiempo sea llamado “el amigo de Dios”? ¿Que Finés reciba recompensa por asesinar a sangre fría a una pareja por su miscegenación y Saúl reciba castigo por no completar un genocidio y perdonar las vidas de las mujeres y los niños? ¿Que los patriarcas, los jueces y los reyes posean infinitud de esposas, concubinas y rameras? ¿Que Jacob engañe y robe a su propia familia y sea glorificado, mientras que Ananías y Sapiro son fulminados por reservarse una pequeña parte de sus propiedades y no darlos a la asamblea comunista de los Apóstoles? ¿Que los doce patriarcas exterminen con engaño y vileza a un pueblo que sólo quería unirse a ellos? ¿Que Salomón sea fratricida, que Moisés mande apedrear a un señor que estaba cogiendo leña por ahí sólo porque era sábado, que ciudades inocentes sean pasadas enteramente a cuchillo y sus campos sembrados de sal? ¿Que Jesús vea como normal la esclavitud y no predique contra ella sino que la haga objeto de sus parábolas, explicando que lo más normal del mundo será que el amo parta en dos al siervo si no cumple con su palabra? ¿Que los circuncisos sean mejores que los incircuncisos, o que los que comen saltamontes y langostas sean mejores que los que comen murciélagos? ¿Qué, sino el relativismo moral? ¿A qué apelan las anotaciones de las biblias católicas sino a decir lo que el texto no dice y a manifestar reiteradamente “esto era normal en aquellos tiempos”, “era lo habitual en la época”, “no debemos juzgarlos con nuestros ojos actuales”, y qué es eso sino relativismo moral? ¿Si se debe justificar la esclavitud en Roma porque todo el mundo la justificaba, qué hacemos con Espartaco? ¿No se la deberá más bien condenar doblemente pues hubo quien, en minoría, no la aceptaba? ¿Y qué decir de las instigaciones al tumulto y el asesinato por San Cirilo de Alejandría, de San Luis de Francia y la obra sangrienta de las Cruzadas?  ¿Qué es lo que da la santidad a los asesinos y la condenación a los asesinados sino el relativismo moral? ¿No tiene más fuerza moral el Faraón a quien Abraham engañó para que se acostara con su mujer, Sara, diciéndole que era su hermana, y que no lo habría hecho de saber que cometía adulterio, que el propio Abraham? ¿Cómo se puede salvar la religión de un Dios de querencias y odios y injustificados, que destruye una pentápolis entera por inmoral, salva sólo a cuatro personas, mata a una por mirar atrás y deja a las tres que quedan cometer incesto? ¿Cómo, sino a base de relativismo moral? “La justicia de Dios no es la justicia de los hombres”, dice la Biblia, y ¿qué es eso sino relativismo moral, y la única justificación de que las iglesias no estén llenas de pinturas de paganos en el paraíso y de patriarcas y santos en el infierno? ¿Cómo puede considerarse un aborto o el asesinato de un esclavo como una simple pérdida material en la Biblia, y el de un pagano como un mérito y un deber sagrado, pero como una falta contra el V Mandamiento en nuestros días, si no es a base de relativismo moral? ¿De qué relativismo moral hablan Sus Beatitudes, Sus Eminencias y Sus Ilustrísimas? Si la moral no es relativa ni hace acepción del tiempo, sexo, raza, cargo o persona, todos deberíamos ser, como lo fueron nuestros santos padres y predecesores, mentirosos, polígamos, ladrones, putañeros, genocidas, fratricidas, filicidas, violadores, proxenetas, pederastas, hechiceros, idólatras, estafadores, fornicadores, incendiarios y adúlteros, y, en la Edad Media, tiranos y caníbales, justo lo que, según San Agustín y Lactancio, se había acabado con el cristianismo, pero que existió y no en pocas ocasiones en la Edad Media cristiana. Lo lamentable es que la moral cristiana, fundada sobre una montaña de calaveras que flota en un océano de sangre, es en muchos países la única barrera de contención, la única respuesta, contra una moral creativa que se pretende inventar de nuevo y de la nada, pero en la que vuelven a tener cabida los viejos males como el aborto, la esclavitud y la trata de blancas, la experimentación con humanos, la tiranía, la jerarquización por razas y credos, la pederastia, el bestialismo y la sevicia con los animales, las mutilaciones, la violación y el maltrato, mientras que en otros países, como en el caso de la Iglesia Anglicana en no pocas naciones de la Commonwealth, funge de acicate y preservador de la barbarie (la barbarie británica, en ese caso). Qué diremos, sino que cuando Bertone se negó a votar contra la pena de muerte para los homosexuales en la ONU, aliándose con las naciones musulmanas en nombre del combate contra el relativismo moral (error funesto que los cristianos cometieron en Pakistán para crear leyes de censura y blasfemia que han acabado volviéndose contra ellos), y al mismo tiempo el violador de niños Marcial Maciel era retirado pacíficamente en un instituto religioso del mundo y del imperio de la ley de toda nación que pudiera denunciarlo, lo que se hizo fue un gigantesco ejercicio de relativismo moral y de acepción de personas, que acerca a la Iglesia de hoy a aquella en la que el hijo del Papa violó y causó la muerte impunemente al Obispo de Fano, mientras que en las Indias los caciques sodomitas eran devorados vivos por los perros en nombre de la Doctrina Moral de la Iglesia, sólida e invariable como las pirámides y firme como la Estrella Polar.

Igualmente la izquierda ve intolerancia en todos sus contrincantes y sólo “Paz” (palabra de la que la Unión Soviética pareció haber comprado los derechos), diálogo y buenrollismo entre sus filas, lo que permite, por ejemplo, que Alfonso Guerra llame “mariposón” a Rajoy, que Maduro y sus partidarios hagan propaganda contra la supuesta homosexualidad de Capriles a través de montajes que no reproduciremos por vergüenza ajena, que Fidel Castro tuviera campos de concentración para que los homosexuales cortaran caña desde que salía el sol hasta que se ponía y a veces mucho más, que los homosexuales fueran a la cárcel en el bloque soviético y que Durruti exterminase a las “putas y los maricones” (metiendo en el saco de las “putas” a mujeres con enfermedades venéreas, de las que cabe pensar que no pocas fueron transmitidas por violación) mientras que a los izquierdistas en España se les llena la boca de diatribas contra la “derecha homófoba” y sus “atentados contra la libertad sexual”. Estos apologetas tienen, además, un verdadero problema cuando la divina institución que defienden reconoce los crímenes que ellos intentan negar. Varios siglos de esfuerzos defendiendo la necesidad y humanidad de la Inquisición, las Cruzadas, las tiranías, las guerras y las matanzas religiosas obra de los católicos quedaron repentinamente invalidados cuando el Papado pidió perdón, reiteradamente, por estos crímenes innegables. Igualmente, cuando Castro reconoció la existencia de UMAP (una de las siglas cuyo significado desconoce la izquierda digital y mediática española, como CDR, que seguramente piensen que se trate de un disco regrabable y que no son –son, no eran– sino células vecinales de espionaje doméstico), diciendo que fueron un error debido a que no tenía tiempo para controlarlo todo, a pesar de que procedieron de órdenes precisas suyas y de Ernesto Guevara, dejó por mentirosos a quienes negaban la existencia de UMAP, o, de otro modo aún más problemático, los apologetas castristas de repente se vieron afirmando que Fidel Castro era un viejo mentiroso que decía que existía lo que ellos sabían que no existía, sino que era un invento del capitalismo imperialista, acaparador y sionista.

Estos son los riesgos que tiene el bien pagado oficio de apologeta, que, en nuestros días, por otro lado, está exento de cualquier otra clase de peligro, y que puede resumirse en tres puntos: todo lo malo que se dice contra nosotros es falso, todo lo bueno que se dice a favor de nuestros enemigos es falso (así, San Agustín quita importancia a todas las virtudes y actos heroicos de los paganos, llegando a afirmar que seguro que Lucrecia disfrutó cuando la violaban), con una variante introducida ya por el primer apologeta cristiano, San Justino: todo lo bueno de nuestros enemigos en realidad nos pertenece y nos lo han robado. Al final, la realidad se parece bastante la afirmación desencantada que Julio Anguita (hombre ejemplar pero que ha comprometido su pensamiento firmando un cheque en blanco a una doctrina de la que espera un bien mayor que aquellos a los que renuncia, y que por eso mismo critica a Castro en privado pero no en público, por lo mismo que una familia enfrentada con otra jamás reconocerá sus propias culpas para no dar alas al enemigo, cuando a lo que dan alas realmente es al crimen) atribuye a los alemanes del Este: “Todo lo que nos contaron sobre el comunismo era mentira, pero todo lo que nos contaron sobre el capitalismo era verdad”.

Esta confiscación forzosa, este “exprópiese” de toda una cultura, siempre será mejor, por supuesto, que la “damnatio memoriae” y la aniquilación, tal como hicieron o intentaron hacer el seguidor de la doctrina legista Qin Shi Huang-di, el Primer Emperador de China (primero por haber extirpado la memoria de los anteriores), y el comunista Mao Zedong, con todas las otras doctrinas y libros que no eran las suyas. Pero San Pablo, que tampoco, por lo que pudiera pasar, se ahorró el quemar libros (escena magníficamente representada en la Italia que vivió las quemas ordenadas tanto Savonarola como por el Papa), se vio con problemas para gestionar lo confiscado. Así, al citar a Epiménides de Creta como autoridad para defender que todos los cretenses son mentirosos, parece no entender que si Epiménides es de Creta, es un mentiroso, y que no debe ser verdad que los cretenses sean mentirosos, ni entrever toda la catástrofe explosiva e incendiaria que se deriva de esto, porque luego sigue a lo suyo como si tal cosa.

Pues bien, Podemos, en lugar de citar a Benito Mussolini o a José Antonio Primo de Rivera sobre la misma materia, que les son mucho más próximos, esgrime el discurso de 1912 (el año de la gran crisis política y del asesinato de Canalejas) de Benito Pérez Galdós contra el bipartidismo, apoderándose de él como profeta, al igual que se cristianizó a Platón y al Estagirita, defensor de un universo increado –hipótesis absurda que, aun así, fue injerida con calzador e incoherencias en las ciencias naturales de los musulmanes y cristianos–. Pero es obvio que, si Benito Pérez Galdós, luego de pronunciar su discurso, abandonó la política y la compañía de aquel Pablo Iglesias al que admiraba (con toda seguridad, más de lo que Pablo Iglesias admiraba a Galdós), pero al que veía como un vate idealista y fuera de la realidad, como a Roque Barcia, no se hubiera inscrito en un nuevo proyecto político: a la humanidad y buenas intenciones de ambos, Roque y Pablo, tenía cariño y les profesaba respeto, pero no les tenía, en el fondo, ninguna fe política ni práctica (Pablo Iglesias, sin embargo, y la Historia se encargó de demostrarlo, tenía más sentido práctico del que aparentaba, y quizá demasiado). Si Galdós no se inscribió en el proyecto de Pablo Iglesias en 1912, es natural pensar que no se inscribiría en el de Pablo Iglesias en 2014, especialmente cuando su discurso preconizaba el abandono del bipartidismo y Podemos es, a pesar de su discurso oficial filo-fascista, un partido radicalmente marxista, en estado puro y no colado por decantación a través del fascismo, y que defiende la lucha de clases, aunque, como en el fascismo, esta lucha se presenta con algunas variantes: ya no son capitalistas en sus despachos contra proletarios en los talleres, o campesinos contra capataces en el campo, sino que, como en el fascismo, la lucha se dirige ante todo contra una casta dominante de cargos electos y funcionariales que ocupan puestos de poder en la democracia representativa. Es decir, más pensamiento dicotómico, más dos Españas, más gatos luchando y más peleas a garrotazos, que era precisamente lo que Galdós censuraba y cuya única solución veía en la enseñanza, y no en la política, tal como queda meridianamente claro en la dedicatoria de La Desheredada. A pesar de sus amistades delincuentes, y a pesar de que apoya en el exterior a gobiernos antitéticos con esta doctrina, reconocemos el pensamiento galdosiano en el muy decente y ejemplar José Mujica y en la importancia que otorga a la educación secundaria por encima de toda otra, a pesar de que erró los medios (al igual que José Antonio Marina, que, aun sirviendo de correa de transmisión de la vieja máxima de que “un bachillerato bien hecho sirve para todo”, acabó pariendo la Educación para la Ciudadanía), y tuvo que reconocer pronto su fracaso, cosa que, por cierto, no ha hecho José Antonio Marina.

Galdós fue una de las mentes más brillantes, lúcidas y creativas que ha dado España, y no un Mesías barbudo como Roque Barcia o Pablo Iglesias (Senior y Junior), por más que bendijera sus intenciones pero no su “imperfecto pincel adolescente”, que diría Lorca. Porque Podemos es, ante todo, un partido mesiánico que se presenta en una situación de crisis, y Pablo Iglesias uno de los muchos (no faltaron ni en la Córdoba medieval) que a lo largo de los siglos han querido ser el Cristo en semejantes circunstancias (el ungido, que es lo que significa en griego el hebraico Mesías, y que en último extremo era Ciro, tan santificado por los judíos por haberlos ayudado como vituperado el Faraón por haberlos esclavizado, en conformidad con su sempiterno ejercicio de relativismo moral), entre los que se cuentan Jesús de Nazaret, a quien mayoritariamente se reconoce como tal, y al que se llama Jesucristo y simplemente Cristo, y que sirvió de modelo al líder de la Revolución Taiping, que pretendía ser el mismísimo Jesucristo en su Parusía (tenía, con todo, más credibilidad para ser Jesús que Shoko Asahara, que además de ser oriental estaba gordo: aunque Orígenes postuló que Jesucristo fue horrendamente feo, nadie ha sostenido jamás que estuviera gordo), y que fue empleada como modelo por Mao Zedong.

No se puede dudar del carácter carismático e icónico del líder Pablo Iglesias, el único en convertir su cara en logotipo de partido en la actual democracia española después de Ruiz Mateos (que se vinculó así, extrañamente, con Fidel Castro, cuya silueta aparece en algunos uniformes, a modo de galón, con lo que los cubanos usan a veces como eufemismo de Fidel el señalarse el brazo donde suele ir: todas las familias felices se parecen). Y aun Ruiz Mateos aparecía con gente detrás (probablemente, su bien nutrida familia). Pablo Iglesias aparece solo. Aunque, en su modestia, diga, tomando en serio la ironía de Amanece que no es poco, que todos somos contingentes pero sólo Chávez es necesario, y a pesar de que apoye la divinización del Comandante incoada por el nuevo Augusto, Maduro (en la que no hay catasterismo, como en el caso de Jomeini, cuya cara creían ver sus seguidores en la luna tras su muerte, sino una también muy modesta metamorfosis en pajarico chiquitico, que por poco más acaba siendo la Apocoloquintosis de Claudio), la manera que ha tenido de plantear su partido le han arrastrado a ser él mismo el Ungido, el que camina de la diestra de Dios, con todos los peligros que Maquiavelo expuso para este modelo de hacer política (esencialmente, uno: el dejar de ser creído, que es, sin remedio, y a pesar de todos los indudables beneficios políticos que podemos atribuir al Taiping o a Canudos, el fin ruinoso que espera a todo régimen basado en una mentira, como el platónico).

Este Dios, al que aquí me refiero de modo general, como si fuera el Dios desconocido que San Pablo aprovechó para hacer teodicea a los gentiles, no es un Dios incompatible con el Padre de Jesucristo ni con Jesucristo. El lugarteniente de Pablo Iglesias, el electroduende Monedero (y seguramente las gafas no fueron lo único que sacaron de la producción de Lolo Rico), en un encendido y largo discurso con brazalete en honor a Chávez, pronunciado ante un público, como siempre en los actos comunistas iberoamericanos, hastiado por más entusiasmo que le quieran poner a la causa (son muchas horas), y con el lavabo de señoras detrás, dejó bien claras las bases cristianas de su ideología, y en último extremo, su teísmo, entendido dentro de la tradición judeo-cristiana: porque aquí todos son comunistas y materialistas dialécticos de boquilla, pero en cuanto llegan los primeros arrechuchos, comulga hasta Pasionaria y todos van, como José Bergamín, con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más. Su voz y maneras de seminarista dejan tan claro como las oraciones y bendiciones de Chávez ya cancerado y aun antes de enfermar que el comunismo en el mundo hispano no puede hacer nada sin el cristianismo, y sin asistir a procesiones, peregrinar al Rocío y ponerle flores a la Virgen Guadalupana. No se pude sustituir sin más la barba de Cristo por la de Marx y Engels, ni se Le puede quitar del escenario, sino que no hay más remedio que dejarLo y ponerLe dos pistolas y una canana, y eso es la Teología de la Liberación, la única vía de entrada seria del marxismo en Iberoamérica que no ha acabado como el Rosario de la Aurora, a diferencia del maoísmo de Sendero Luminoso (aunque no dejaba de contar con una monja, Nelly Evans, entre sus filas).

No llamo, pues, Anticristo a Pablo Iglesias dando a anti– el sentido de oposición que tiene esta preposición, ya que Podemos es cristiano tanto por su estructura como por sus contenidos, sino el de sustitución que también posee, ya que vice– está tomado para el Papa, en el ciertamente estrambótico Vicediós, recogido aún por la Real Academia Española. El sentido de oposición está sólo de modo secundario, porque Jesucristo dijo que quien se proclamara Mesías sin ser Él mentía, al igual que a Mahoma lo tienen sus seguidores por el Sello de los Profetas, después del cual todos los que así se proclamen serán antiprofetas. En último extremo, uso la afirmación rotunda “Pablo Iglesias es el Anticristo” para computar, por sus reacciones, el número de idiotas que son incapaces de leer más allá del título de un artículo: es decir, por una razón estadística.

Pero, sin sensacionalismo, puede defenderse sin ambages que Podemos es un movimiento cristiano, es decir, carismático, basado en la unción, mesiánico, y al mismo tiempo vinculado con la doctrina de Jesucristo, abreviada y simplificada, cuando ya el cristianismo original suponía (y esto fue objeto de crítica por los filósofos paganos) pretender poner en las manos del pueblo vulgar e ignorante la liberación espiritual perseguida por los pensadores a través de arduos caminos intelectuales, vendiendo los productos elaborados por el Pórtico o la Academia al módico precio de fe mientras que ellos los vendían a precio de razón (aunque mentían en esto, porque casi todas las escuelas filosóficas se desarrollaron a modo de sectas con rituales absurdos que nadie entendía y un respeto reverencial y ciego al Maestro). Igualmente, Podemos intenta resumir para el pueblo miles de páginas de tratados marxistas, y, al mismo tiempo, compendiar el universo y su origen, causa, razón y funcionamiento en esas páginas. Esto puede estar bien o mal, según se mire: lo que sí estuvo mal entre los apologetas cristianos fue incautarse de un patrimonio intelectual que no les pertenecía gestionándolo de manera que, al cabo del tiempo, les valió para justificar divisiones entre ellos mismos, guerras, tiranías y torturas, todo a base de silogismos y sorites (para Santo Tomás de Aquino, más grave delito comete el falsificador de la doctrina que el falsificador de moneda, con lo que, si los monederos falsos eran, entre otras cosas, cocidos vivos, el santo de Roccasecca estaba abriendo la puerta a muy entretenidas tardes de alaridos bendecidas por la Doctrina). Al ser Podemos una abreviación doctrinal, es esperable que su embrión recapitule pronto y alcance los resultados obtenidos por el cristianismo filosófico greco-latino (otros, como el siríaco, semítico, parece que podrían haber ido por otro camino, aunque también abundaron en divisiones, banderías y anatemas) en mucho menos tiempo. El mesianismo chavista ha llegado a su Apocalipsis en un tiempo récord.

Fuere lo que fuere ese Cresto del que hablan los autores latinos sin saber muy bien quién era, y al margen de las horribles orgías de sangre que se atribuía a sus seguidores (y por eso fueron perseguidos en los primeros tiempos, sin que el Senado hiciera las averiguaciones pertinentes, como se queja Tertuliano, y como sí hicieron gobernantes cristianos contra acusaciones similares hechas a los judíos –el Emperador Rodolfo I aventó las cenizas de una supuesta víctima ritual– o a las brujas –De strigis vero, quae non sunt, nulla quaestio fiat, ordenó Colomán I el Bibliófilo de Hungría–), más allá de que eran una cofradía y que Trajano no quería que las hubiese ni de bomberos ni aun en ciudades propensas a arder por los cuatro costados, por el peligro que tenían los lobbies (y por eso condenó a los cristianos, si bien pidió que no se los buscara, ni se les diera tormento para arrancarles confesiones, ni mucho menos se aceptaran denuncias anónimas), el Emperador Filósofo, Marco Aurelio, el último de los Cinco Buenos Emperadores (aunque unos tenían más ejecuciones injustificables y crueles que otros, y ninguno fue tan excelente como Trajano, tan admirado por los mismísimos cristianos a los que mandaba ejecutar si no se retractaban, que circuló la leyenda de que resucitó por intercesión de Gregorio I, fue bautizado por el Papa y admitido en el Paraíso), veía el cristianismo como una falsificación filosófica, y, adelantándose el razonamiento de Santo Tomás de Aquino, le dio el mismo remedio. Pereció así San Justino, aquel filósofo cuya lectura nos exime de examinar a Kautsky sobre los orígenes cristianos del marxismo, y que censuraba la mera contemplación filosófica si no iba unida a la praxis inmediata. Tampoco hace falta leer a Troetschl, como hace Manuel Pérez Ledesma en “¿Pablo Iglesias, santo?”, en el monográfico dedicado a esta figura en Anthropos en 1985, para percibir el flujo de nuevas leyendas áureas en el izquierdismo hispano.

Erraba, por supuesto, Marco Aurelio al ejecutar a San Justino, como erraba Confucio, si es verdad que lo hizo, al ejecutar a Mao (Shaozheng Mao, se entiende) por sus doctrinas revolucionarias, y Mao Zedong al intentar enterrar y exterminar a Confucio (el mismísimo Kongzi): tales acciones no prueban la falsedad de las doctrinas combatidas, sino la de las propias, ya que son tan flacas y endebles que no pueden subsistir sin la eliminación física de sus adversarios intelectuales. Aun respirando el mismo aire sacral y trasudando idéntico crisma mesiánico, sólo tiene razón Pablo Iglesias Possé, quien detestaba la violencia, y no Pablo Iglesias Turrión, quien aún no ha respondido a quien le preguntó por qué es necesario tirotear y encarcelar a los estudiantes en Venezuela, y que en su uso de las redes sociales y medios de comunicación bloquea, esconde o sale por la tangente de las preguntas sensatas y responde sólo, con tiempo, dedicación y entusiasmo, a aquellas que rozan o abundan en el retraso mental, algo inmensamente favorecido por los medios conservadores que lo han invitado durante años a ser el más listo de la clase en una mesa de tertulia compuesta exclusivamente por comentaristas border-line (excepciones gloriosas han sido Federico Jiménez Losantos o Javier Nart, a quien le faltó tener que enseñarle las cicatrices de guerra africanas al atildado petimetre de Somosaguas para que dejara de presumir de combatiente revolucionario y de defender la violencia urbana donde el Derecho puede suplirla). Esto que nos debería llevar a decir que no ha sido el régimen bolivariano el máximo financiador de Podemos, sino Intereconomía, al igual que el mayor apoyo recibido por Chávez fue el abandono en que tuvieron a tantos estratos de la sociedad durante tantos años las dictaduras anteriores: el Comandante se hizo con la fidelidad absoluta de millares de venezolanos a quien nunca nadie les dio nada sólo con darles, simplemente, algo. La mejor manera de luchar contra el cristianismo, bien lo vio Juliano el Apóstata, era imitar sus acciones benéficas, materialmente indiscutibles, a diferencia de sus doctrinas. A pesar de que el comunismo no predicaba la caridad sino la más fría y aséptica de las justicias a base de dar al camarada proletario una cartilla de racionamiento y una хрущёвка, esas dictaduras, en la práctica totalidad conservadoras, no supieron aprovecharse de tan valioso concepto cristiano como charitas, e incluso prefirieron desviarse en paganismos estatales y cultos semi-imperiales como el de María Lionza.

El problema del ascenso de Podemos no es otro que, y tomamos esta vez en serio otra ironía de Cuerda, pero conscientes de hacerlo, la ignorancia era tal que nadie, en sus comienzos, fue capaz de desmontar su falsa filosofía y su lisérgica economía sin recurrir a la violencia, verbal, en este caso, y eso de momento. Ese intento fracasó con el cristianismo, y, si bien se tuvieron que dar muy buenas razones, la mayoría de los argumentos contra la nueva religión que se nos han preservado lo han hecho en las obras cristianas que les responden, es decir, a través de la Iglesia, que ya debemos entender que no se aleja mucho de la técnica de Iglesias de responder sólo a los argumentos más débiles, no responder a los fuertes, y cortar y sesgar a su antojo. Pero en el tiempo que sucedió a los Buenos Emperadores, las elites intelectuales que deberían haber contestado a las falsificaciones de los apologetas cristianos (que falsificaban no sólo la filosofía sino el propio cristianismo con un bosque de extravagancias griegas) se dieron a creer en supercherías, magia y las brujerías más absurdas, y a no entender de nada, al igual que he visto a José Antonio Pérez Tapias no comprender una palabra de una conferencia en la que Agustín García Calvo exponía los más transparentes y cristalinos argumentos parmenideos y russellianos, y agotarse el tiempo de preguntas en cuestiones que el maestro se negaba a responder para no volver a dar la conferencia, que sería igualmente incomprendida de nuevo, como “¿Cuándo se va a hablar aquí de globalización?”. El icono, la etiqueta, la pegatina, una cruz o una raya, eso es lo que espera ver hoy todo sedicente “intelectual” con un título universitario hecho a base de cupones de asignaturas fragmentarias y sin más valor que un álbum de cromos de Gallina Blanca. “¿Ehto k é lo k é? X D X D X D X D Me rio en tu cara pallaso”, seguro que enuncia, sin duda, más de un licenciado en Filosofía al leer (hasta un punto no determinado, improbablemente hasta el final) este artículo: si fuera, por un casual, venezolano, no costaría encontrar en sus perfiles de redes sociales, como se verifica de continuo entre los comentaristas habituales del Twitter del Presidente Maduro, fotografías con sus armas de fuego, cortas y largas.

Por eso, en un mundo abocado a la barbarie, como lo fue la Roma del siglo III, no sólo no será extraño que triunfe una falsificación intelectual, sino que a veces será incluso preferible, en tanto que preserve algo del legado de la civilización anterior. Prefiero un Afganistán comunista a un Afganistán talibán, a Saddam frente al Estado Islámico de Iraq, la Libia de Qaddafi a la de ahora, y siempre será mejor el Reinado del Anticristo que una anarquía en la que todos quieran ser Kim Jong-un. Al fin y al cabo, lo primero será una solución monárquica. Pero, en general, para tanto una cosa como otra, ciertamente I would prefer not to.

Reconozco que, de haber vivido en los siglos más dichosos que conoció la Historia de la Humanidad según Gibbon, la era de los Antoninos, no habría sido partidario ni de las chorradas de los paganos ni del “somos los mejores” de los comunistas cristianos, pero por lo menos tengo clara conciencia de que, de haber vivido en el III Reich no aceptaría alegremente que se llevaran al profesor o al lechero en un camión sin hacer preguntas, ni pasar a habitar una vivienda expropiada con olor a llanto y empezar a amueblarla a mi gusto, ni oír que sólo nosotros entre todas las naciones no estábamos degenerados y que nuestro imperio duraría mil años, y otras estupideces sobre Wunderwaffe que el propio Goebbels reconocía que no las producía el Ministerio de la Guerra sino el de Propaganda; ni ahí, ni en la Gran Revolución Cultural Proletaria, ni en ningún régimen similar al de Hitler, Mao, Stalin o Leopoldo II, como lo era cualquier reino medieval medieval, musulmán o cristiano, en el que los huesos humanos blanquearan, aún presos por las cadenas, en el fondo de una mazmorra con forma de pozo en el que se arrojara a los reos para que se revolvieran con sus heces hasta el día de su muerte (así se regían tantos soberanos buenos y generosos y tantas repúblicas bien organizadas, en aquellos tiempos). Y esto es mucho más de lo que, examinándose profunda y sinceramente, pueden decir la mayoría de los hombres de hoy. No es que estén dispuestos a morir para combatir la injusticia; no es que no pregunten educadamente por ella, ni saquen pancartas como aquella célebre estadounidense de Hitler Cease Barbarism, a la que se podría añadir por favor y si no es mucha molestia; es que, sencillamente, no la ven.

José María Bellido Morillas

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